Este año caminamos como Congregación bajo el lema «Descubriendo el tesoro de nuestra historia: un camino de gratitud y verdad». Al celebrar a Nuestra Señora de la Preciosa Sangre, ese lema cobra una dimensión nueva: nos invita a mirar la figura de María con ojos agradecidos y a reconocer en ella un modelo vivo del camino que queremos recorrer.
Desde el primer instante de la Anunciación, María vivió una experiencia íntima de obediencia y libertad. Su «sí» no fue resignación, sino donación plena: la entrega de quien confía en que Dios hace grandes cosas en la pequeñez. Durante toda su vida junto al Señor, nos fue catequizando en conocerlo, aceptarlo y seguirlo. Es ella quien nos muestra cómo reconocer al Resucitado; es ella quien nos dice con sencillez: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5).
Nuestra Espiritualidad de la Preciosa Sangre nos lleva a contemplar el misterio de la cruz con ojos de fe, y en ese misterio María ocupa un lugar central. Al pie del madero, acoge el cuerpo de su hijo con los brazos abiertos y el corazón destrozado. Ese dolor desgarrador no es solamente el dolor de una madre: es el dolor de quien ama a toda la humanidad. Su sufrimiento es para que seamos llamados hijos e hijas de Dios; su vida, pura donación.
La historia de María es, en ese sentido, un camino de gratitud y verdad, tal como lo expresa nuestro lema congregacional. Es una historia que nació de la gratuidad de su «sí» y que culminó en la entrega de su hijo en la cruz, desde donde Jesús nos la deja como madre propia. Desde esa gratuidad, somos redimidos por la Sangre Preciosa de Cristo.
Como hijos e hijas de María, nuestra relación con ella debe ser siempre de confianza y gratitud. Su amor no es una presencia distante: es el amor de una madre que vela cuando estamos enfermos, que se alegra cuando celebramos, que nos acompaña cuando cargamos nuestras cruces, así como acompañó al Señor hasta el final. Así como acogió a su hijo con los brazos abiertos, también nos acoge a nosotros.
Que nuestra Espiritualidad nos anime a contemplar ese amor y a dar testimonio, como María, de donarnos a los demás en el servicio y la alegría.
Nuestra Señora de la Preciosa Sangre… ruega por nosotros.